Harrison, Kathryn
Cuando enviudó, a principios del alegre decenio de los veinte, May-Li Cohen se trasladó a Niza, pero seguía envolviéndose con las mismas telas de seda fina y colores chillones, cortadas a la vieja usanza china, su tierra natal. Era imposible adivinar qué debajo de aquellas diminutas zapatillas bordadas, se escondían unos pies deformes, torturados por el dolor, un amasijo de huesos rotos y tendones retorcidos, que en China hacían las delicias de los hombres. Durante los años que May ejerció como refinada prostituta en Shanghái, no permitió que ningún chino gozara de su desgracia y en su cama solo había lugar para hombres occidentales. Así conoció a su marido, Arthur Cohen, un judío australiano empeñado en redimir el dolor y la crueldad que le fascinaban; el oprobio y la pasión que se enseñoreaban de la vida de May. A sus cincuenta años, May estaba a solas con el ayer, quizá por eso aprendía a nadar, para hacer del agua su cómplice. May había sido extranjera en todas partes, porque en su alma se batían las aguas mezcladas de aquel Shanghái decimonónico, salvaje y cultivado, donde se daban cita las miasmas de la podredumbre y el tibio acomodo de un Occidente vano e imposible. Pero en el mar, en la insondable masa líquida, el pasado era un náufrago extraño de la vida; sumergida en el agua no necesitaba ser transportada en la silla de mano, ni siquiera necesitaba su bastón de jade. En el agua, sus maltrechos pies podían convertirse en el raro apéndice natatorio de un grácil ser marino.